Con ojo de loro (10)

13 – Donde un loro descubre que la venganza es un plato frío pero también amargo (7)

Al día siguiente, cuando llegó el boticario y me miró medio muerto pensó que había sido de un empacho de bizcochos mojados en vino que muy a gusto había cenado yo la noche anterior. Nada pudo hacer el pobre del hombre. No había en la botica pócima que me salvara la vida.

El loro Ravachol
El loro Ravachol

Y así fue que el indigno Teucro se salió con la suya. Pero fue una victoria pírrica, como se dice por ahí. No le pudo salir peor la jugada. A los pocos días empezaron a llegar a la botica condolencias de el país entero. La ciudad se puso de luto y se organizó una capilla ardiente justo en la farmacia. Don Perfecto no paraba de llorar y los pontevedreses esperaban horas y horas en la puerta por darme el último saludo.

¡Hasta me hicieron un velatorio que duró más de una semana!

No pueden imaginar, ilustres amigos, que grande enterramiento tuve. Velada Infausta, recibió por nombre. Aquel miércoles de ceniza, Pontevedra miró pasar un triste desfile de hombres a caballo, banda de música, carrozas, charangas… me llevaron por la alameda adelante cómo si fuera la misma reina Isabel II, y todo el mundo iba disfrazado y con farolas de difuntos. Sí, ya sé que eran aquellos, días de carnaval, pero siendo yo como era un humilde loro, ¿que podría haber esperado? A ver, ¡que alguien me diga de algún congénere mío que recibiera tan grandes honras en su muerte!

El resto ya lo saben, mis amantes lectores. Ahora, todos los años presido el Carnaval de la ciudad y en mi memoria vuelvo a recibir pésames, procesiones y aniversarios. Y yo, pues no podía estar más contento. Porque aunque sea como fantasma, ya puedo viajar a donde me apetezca. Y de vez en cuando vuelvo por la tierra de mi vida, me meto en el loro de cobre y paso unos días de descanso. Es bueno acordarse de los viejos amigos. Incluso de Teucro. A él también lo saludo. Al que más. Sin remordimientos… ninguno. ¡Claro que no!

Con ojo de loro (9)