Lo más importante

De mi madre creo que lo primero que recuerdo es un día que vino a buscarme al colegio. Yo debía tener cinco años. Todas las madres se juntaban en el patio, al lado de la entrada y desde las escaleras la profesora Ana nos iba llamando uno a uno por su micrófono, que era como los de los espectáculos de la tele, mientras los niños esperábamos en clase jugando o hablando con los compañeros.

Aquel día no sé que me dio que me puse en la ventana mirando a ver si mamá venía. Y debió ser que me ensimismé con alguna aventura, porque estuve media hora allí pegado al cristal y ni me enteré de que la profesora Ana ya me había llamado varias veces por megafonía. Cuando volví de mi ensoñación, al darme cuenta de que allí abajo estaba mi madre, me di la vuelta y entonces descubrí que estaba completamente sólo en clase—hasta habían apagado la luz— y que todos los niños, incluso la profesora, se habían olvidado de mi. ¡Qué susto me llevé! ¡Pensé que me habían dejado encerrado!

Al llegar al lado de mi madre me lancé a sus piernas con la respiración entrecortada por la carrera que acababa de hacer y por el miedo: a pesar de lo rápido que había corrido, no había logrado dejarlo atrás. Yo lloraba con los mocos colgando en la nariz, desconsolado, así que ella, sin preguntarme que pasaba, se agachó y me abrazó con fuerza. Nunca olvidaré su olor. Olía a fresas.

Mi madre no trabajaba, por lo que me llevaba todos los días al colegio. Creo que eso fue algo que le pesó toda la vida y a veces pienso que fue culpa mía, porque al quedarse embarazada de mi no supo enfrentarse a sus suegros y al final tuvo que dejar su trabajo de secretaria.

A mi me parecía la más guapa del mundo, pero bueno, como a todos los hijos, supongo. Además cantaba y cocinaba muy bien. En carnavales se pasaba las tardes haciendo postres y aunque se quejaba del trabajo que le daban para lo poco que duraban, en el fondo disfrutaba haciéndolo. Yo me ponía en una esquina a dibujar banderas o coches, mientras ella estiraba la masa de las orejas hasta dejarla fina como el papel o hacía las filloas una a una, dándole unto a la sartén para que no se pegasen. ¡Que olor tan rico quedaba en la casa! Y mientras cocinaba cantaba… “Que tiene la Zarzamora que a todas horas… llora que llora…”

Recuerdo que conmigo tenía una paciencia infinita. Yo tenía una amiga muy íntima en el instituto. Nos sentábamos juntos en clase y sólo nos separábamos al volver a casa. No éramos novios… aún. Un día, estando en clase, sin causa alguna, de repente, se murió. Fue un golpe durísimo. Durante semanas yo volvía del instituto, comía algo a duras penas y luego me encerraba en mi habitación. Me pasaba las tardes mirando el techo, durmiendo o llorando porque me partía el alma ver, cada día, su hueco a mi lado. Un día mi madre empezó a entrar en la habitación sin preguntar. Me traía un bocadillo, o yogures, o un tazón de arroz con leche o un trozo de uno de sus bizcochos y me acariciaba el pelo o simplemente me abrazaba. Después se quedaba sentada a mi lado hasta que por fin me calmaba. Fue así como empecé a salir del agujero. Gracias a su infinita paciencia. Y a su amor. Porque siempre hay alguien, aún con todos nuestros defectos, que nos quiere.

Ella fue muy feliz a pesar de esa pena por no haber hecho la vida que quería. O a pesar de lo triste que estuvo cuando murió mi padre o cuando lo del cáncer. También es cierto que tu la ayudaste mucho. Mi madre era fuerte y por eso se curó, pero ninguno imaginaba que aún llevaba la pérdida de papá por dentro, así que fue maravilloso volver a verla sonreír. Fue entonces cuando te viniste a vivir con ella. Total, la casa se le hacía grande después de que sus hijos se marcharan a vivir su vida.

Claro que en realidad no era tan bonito como parecía, ¿no? Ella prefería guardarse los problemas. Así era de buena. Se lo tragaba todo. Cuando mi abuela paterna le hizo la vida imposible ella salía a pasear y no le decía nada a nadie. Con el cáncer no dijo nada hasta que se curó. Era muy sufrida.

Pero un día no pudo más. Pasó por mi casa y me contó que eras muy celoso, muy posesivo, que había perdido su libertad. Que le controlabas hasta el respirar. Yo le dije que se viniese conmigo, que te dejase, pero ella decía que te quería, que no se veía sin ti. En sus ojos había miedo, miedo a ti, claro, pero miedo también a estar sola.

Aquel día debí hacer algo pero no fui capaz. No quería inmiscuirme. Mi madre me rogó que no hiciese nada, que todo se solucionaría, que tu habías prometido cambiar.

Claro que tu nunca cambiaste.

¿Por qué la ayudaste?¿Para al final matarla? Yo la prefería triste ¡pero viva! ¿Por qué no tuviste el valor de matarte tú antes? ¿Por qué tuviste que matarla a ella y luego hacer ese patético intento de suicidio? Ahora te vas a quedar enganchado lo que te quede de existencia a esa máquina y a mi me resulta gracioso porque podría desenchufarla y apenas vivirías uno o dos minutos. Tres como mucho. Podría hacerlo pero no se, no veo el miedo a la muerte en tus ojos: te gustaría que te liberase de esta condena, ¿no?… Pues escúchame bien. De mi madre aprendí muchas cosas. Muchas. A tener paciencia, a ser una buena persona, a ser feliz… pero ¿sabes? Eres un tipo con suerte. Porque lo más importante que me enseñó mi madre fue a tener compasión.


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