La cajita de cristal

Lo recuerdo como si fuese ayer pues aquella fue la primera vez que estuve en las Islas Cíes. Ya he contado antes que fui con mi amiga Sandra y que al llegar, la playa de Rodas impuso su belleza con aquella arena blanca que prometía el paraíso. La playa parecía más acogedora y real que el calor de la piel y los besos de mi amiga, puesto que ella, aunque sabía ser apasionada, había escondido su corazón dentro de una fría cajita de cristal. Si, lo recuerdo muy bien porque aquel día el cristal se rompió.

Creo que todo empezó bajando del Alto del Príncipe cuando nos cruzamos con otra pareja. Fue como mirarnos en un espejo. Hay un eufemismo que me define bien. Soy de huesos anchos. Sandra en cambio era delgada, casi una modelo. La otra pareja eran lo mismo pero al revés. La chica, como yo, mujer de huesos anchos. El chico atlético, abdominales definidas, de esos tipos que no necesitan excusa para quitarse la camiseta.

—¿Viste? El amor surge en cualquier lado. Esos dos son un buen ejemplo.— me di la vuelta.— Es evidente que se quieren y que el aspecto les importa muy poco.

La pareja se había parado un poco más arriba para besarse.

—Justo como nosotros— añadí.— Así que, ¿por qué no va a poder surgir algo entre tu y yo?

Sandra bufó y siguió andando sin esperarme. Normalmente, aún intuyendo el hielo que acumulaba su corazón, ella era una compañía alegre aunque algo alocada y sus ojos y su sonrisa solían desbordar felicidad. Pero en aquel momento creí ver algo que yo desconocía, como una sombra, como una tristeza inmensa, tanto que ella tenía que hacer un esfuerzo terrible para contenerla.

No nos dijimos nada durante un buen rato. Fuimos al Faro do Peito y luego descansamos en la caseta de observación de pájaros. Ella seguía ausente. No dejaba que se cruzaran nuestras miradas. Sentada en el banco parecía estar a la espera de algo excepcional, como la aparición de un ave mitológica justo delante de nosotros. Yo no pude aguantar más. Me acerqué por detrás y la abracé. Al pegar mi cara a la de ella me di cuenta. Estaba llorando.

—¡Lloras! ¿Es por lo que te dije? Pues olvídalo. Soy un pesado, no debí decirte eso… ya sabes que siento algo por ti y creo que tu también, pero olvídalo. No voy a insistir más.
—No digas tonterías. No es por tu culpa. Son cosas mías. Mis propios problemas. Mis comeduras de cabeza.
—¿Tus problemas? Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿no? Que yo siempre voy a estar a tu lado para ayudarte, que nunca te voy a fallar.
—Gracias, te lo agradezco pero es que no quiero promesas… no estoy bien y hay cosas que debo solucionar sola, ¿entiendes?

No insistí. Sin prisas bajamos a la playa de Figueiras. Dejamos las mochilas a un lado, nos desnudamos y fuimos al agua. Ella por fin empezó a reír. Yo también. Incluso llegué a pensar que podríamos ser felices, para siempre, en aquellas islas. Que podríamos pasar los días allí y al llegar el final de la tarde perder el último barco, así un día tras otro, un día tras otro. Al fin y al cabo, ¿no me había prometido la arena de la playa de Rodas aquel paraíso?

Al salir del agua nos sentamos en una roca y Sandra se quedó mirando el mar. Al fondo de la ría se intuía Vigo, con su cemento y sus humos. Creo que buscaba su casa. Entonces volvió a ella la tristeza, y yo, por primera y última vez, hice lo que debía: no le prometí nada. Simplemente la puse sobre mi regazo y la abracé con su cabeza apoyada en el hueco de mi cuello, tal como se abraza a un niño que acaba de tener una pesadilla. ¿Cuanto tiempo? No lo se pero cuando sus palabras nos trajeron de vuelta, ya había bajado la marea. Fue en ese momento cuando se rompió el cristal.

—Yo no estoy bien. Pocos lo saben, pero a ti te lo puedo contar. Con trece años un vecino me violó. Fue… fue… ¡terrible!— Sentí sus lágrimas en mi cuello.—Pero… eso no fue lo peor. Volví a casa, con la ropa rota y se lo dije a mis padres ¿sabes que hicieron? Me llamaron puta, me pegaron porque la culpa era mía y nada más que mía…

No supe qué decir. Me atrapó el dolor. Y el silencio. La abracé aún más fuerte y dejé que mi mirada también huyese mar adentro.


Volviendo al barco hicimos una cuarta parada. En medio del camino, como si nos esperase, había una mantis religiosa. Tenía los brazos, los de rezar, estirados hacia los lados, como si quisiese avisarnos de un peligro. Movía la cabeza, nerviosamente, y me miraba a mi y luego a ella. Sandra cogió su cámara y empezó a fotografiarla. Yo la observaba. Ella tirada en el suelo, absorta mientras disparaba, volvía a ser la chica alegre y despreocupada.

Entonces me di cuenta. A un lado del camino había medio cuerpo de otra mantis. El macho a medio comer que acababa de fecundar a aquella hembra. En aquel momento no pensé en el significado de aquello. Pensé en la biología y todo eso, pero ahora, tanto tiempo después, en mis recuerdos, a veces las confundo, a las dos, a la mantis y a Sandra.

También recuerdo lo que me dijo al llegar a Vigo:

—Lo siento. Hoy en la playa te he querido mucho, te he amado, en serio, pero créeme, una tarde es más de lo que querré nunca a nadie.

No pude contestar. Alrededor de su corazón volví a sentir la cajita de cristal.


Cajita de cristal
 

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