El gorrión y el mal augurio

Me duele cada ve que te miro,
cuando apareces en la esquina
más inesperada,
donde no debería aparecer
ni siquiera la sombra del aire.

Ayer, amigo mío, conduciendo mi coche, sin imaginar siquiera que podría llegar a pasar, atropellé un gorrión que a mi paso se lanzó a la carretera para picotear un gusano o un bicho que había sobre el asfalto. Bien sabes como hacen, que vuelan livianos, como sin querer, y sin pensarlo siquiera ya están de vuelta, seguros, en el aire, lejos de las malas bestias de acero y plástico de los hombres.

La tragedia sucedió delante de mi, como en la repetición de la jugada, a paso lento, despacio. El gorrión baja, tres metros más allá. Y entonces picotea en el suelo y vuelve a elevarse, rápido, pensé que lograba apartarse de mi camino a tiempo, pero un ligero y sordo ruido en el lado derecho del coche, un ruido ridículo<*strong>, casi sin importancia, irrelevante, demostró el trágico fin del pobre pájaro.

Tanto puede doler, dañar, deprimir o agobiar. Si tu no quieres recordar nada de esta Tierra, si tu quieres olvidar a cada uno de tus semejantes, pues allá tu.

Créeme si te digo que aquel gorrión me dejó mal cuerpo el resto del camino. No fui capaz de sacarlo de la cabeza.

Hoy me di cuenta. El pequeño e irrelevante pájaro fue un mal augurio. Un mal presagio que hablaba de ti, porque, amigo mío que estás allá arriba perdido en Aldebarán… no sé de ti, nada de nada, ya no respondes a mis notas, a mis cartas. Y empiezo a pensar que eres tu el que no quieres saber de mí, que en tu huida sin sentido de la humanidad, decidiste que también yo era prescindible, que de mí también te debías alejar. El más absurdo y absoluto ascetismo.

Hace tiempo, sin embargo, que observo los indicios, pero no fue hasta hoy que por fin abrí los ojos. Pues, Pedro, se me aparece tu sombra en cualquier esquina, una figura tuya que me da la espalda y me ignora, que sigue otro camino aun sabiendo de mi presencia. Y yo, que en la distancia soy sensible, siento que hasta tus pensamientos tratan de alejar mi nombre, que huyen de la palabra que me de la la esencia.

Ya ves… yo me niego a admitirlo pero duele esa manía tuya como si un hierro de los «aloitadores» marcara un símbolo de desprecio en mi corazón. Y duele aún más cuando encuentro esas sombras tuyas que no se ven pero que se insinúan, silenciosas, por las calles, por las playas, por las casas en las que yo nunca espero encontrarte, porque sé, porque siento, que tu, cobarde, aun respiras allá arriba entre las estrellas.

Sabes que acepté, con resignación tu viaje a las estrellas, ese huir rabioso de la mierda que produce la humanidad, de sus odios, de sus miedos, de los ruidos y contaminaciones varias. Pensé que buena cosa era porque en cierto modo yo pensaba, y pienso, mismo que tú: que el hombre y todo lo que hace, huele mucho, demasiado, a podredumbre. ¿Pero que utilidad puede tener cortar todos los cordones umbilicales?

Haz lo que te plazca, pero que sepas que tanto me da. Tanto puede doler, dañar, deprimir o agobiar. Si tu no quieres recordar nada de esta Tierra, si tu quieres olvidar a cada uno de tus semejantes, pues allá tu.

El gorrión fue el último aviso. No habrá más… o tal vez tus fantasmas aún me sorprendan apareciéndose incluso en los reinos de los vivos. Ya no hay memoria en ti ni de mí ni de nadie más. Pero por mí cómo si aun huyes más lejos a las planicies inconmensurables de materia oscura del universo: mira, incluso cuando la entropía inunde de fría homogeneidad el cosmos entero yo seguiré siendo yo, cabezón y lleno de defectos, y tú serás Pedro, mi amigo Pedro.

gorrión