De nuevo, mujeres

Ya pasó el día Pedro y bien puedo decírtelo, que las Mujeres de este país, así, con M mayúsculo, pueden creerse todo su orgullo porque bien lo merecen, porque lo hicieron, porque se comprometieron con ellas mismas y no se decepcionaron.

Mujeres. La mitad de la humanidad. Aquellas a las que el hombre considera suyas. Porque hay que decirlo bien alto: tenemos muy grabado en nuestros sesos ese concepto, desde hace siglos, milenios. Los hombres consideramos, lo pensemos o no, consciente o inconscientemente, que las mujeres son nuestras.

Un libro revelador

Estos días estoy enganchado a un libro de una hermosura brutal. Tanto que muchas veces, a pesar del sueño y del cansancio, leo durante horas y horas. En realidad son cuatro libros. El primero se llama “La amiga estupenda”. Fue escrito por la escritora italiana Elena Ferrante, que en realidad es el seudónimo de una mujer que no necesita dar su verdadero nombre para escribir terriblemente bien.

Te cuento todo esto no solo para recomendarte el libro, aunque no sé como podrías hacer para leerlo viviendo como vives en Aldebarán, si no por introducir las ideas que me retumban en la cabeza como consecuencia de este 8 de marzo tan revolucionario. Anteayer, cuando estaba a unos pocos capítulos de finalizar el tercero libro me encontré con unos párrafos esclarecedores que se quedaron prendidos en mis sesos y que me hicieron reflexionar en ellos como el perro que roe su hueso.

Eu non saín da túa costela, ti saíches da miña cona.

Déjame que te cuente un poco de que va el libro: es la historia de dos amigas Lenù y Lila, las dos de Nápoles, desde que son niñas, contada por la primera de ellas. La narradora, Elena Greco, es escritora, está casada y con dos hijas, y por fin decide encararse con su nuevo libro… Ella comienza contándole a su cuñada la relación con un viejo novio que tuvo, que casualmente es en ese momento de la historia, el chico de su cuñada. Es en ese momento que se da cuenta de que él trató de instruirla, de transformarla, de que fuera otra:

“[…]no deseaba una mujer y ya está, sino una mujer como imaginaba que sería él si hubiera sido mujer. Para Franco, dije, yo era una posibilidad de extenderse en lo femenino, de apoderarse de ello; yo constituía la prueba de su omnipotencia, la demostración de que no solo sabía ser hombre del modo correcto sino también mujer.[…]”

De pronto comprendió de que la mujer no tenía nada de por sí, que la historia estaba llena de ejemplos de mujeres autómatas dirigidas por los hombres, que todo lo que surgía de las mujeres era transformado por lo masculino para su provecho:

“[…] me sentía como si tuviera pensamientos truncados por la mitad, atractivos y sin embargo defectuosos, requerían con urgencia una comprobación, un desarrollo, pero sin convicción, sin confianza en sí mismos.”

Por fin, la protagonista, después de mucho investigar, pare una historia en la que el núcleo es el párrafo que sigue:

“[…] Hice una exposición más bien animada, sin sentirme nunca imprudente. Dios —más o menos escribí— crea al hombre, Ish, a su imagen. Fabrica una versión masculina y una femenina. ¿Cómo? Primero, con el polvo de la tierra da forma a Ish, y le insufla en las narices el hálito de vida. Después forma a Ishá, la mujer, con la materia masculina moldeada, materia que ya no está en bruto, sino viva, y que toma del costado de Ish, cerrándole enseguida la carne. El resultado es que Ish puede decir: Esta cosa no es, como el ejército de todo lo creado, ajeno a mí, sino que es carne de mi carne, hueso de mis huesos. Dios la ha creado de mí. Me ha fecundado con su hálito de vida y la ha extraído de mi cuerpo. Yo soy Ish y ella es Ishá. En la palabra ante todo, en la palabra que la nombra, deriva de mí que soy a imagen del espíritu divino, que llevo dentro su Verbo. Así pues, ella es un puro sufijo aplicado a mi raíz verbal, puede expresarse solo dentro de mi palabra.”

Y realmente es así Pedro. Nosotros queremos imaginar a las mujeres a nuestra imagen y semejanza, a lo mejor para sentirnos un ser completo, un hombre que también sabe ser mujer. O a lo mejor, lo que sucede es que, después de milenios, aún no hemos sido capaces de superar la primitiva sociedad humana dirigida y mantenida por los hombres con su fuerza y brutalidad.

Ese cambio radical debería ser nuestro objetivo. En otras cosas hemos cambiado, por ejemplo, el sexo, que hace mucho tiempo que dejó de ser una herramienta de la supervivencia para convertirse también en un juego, en un objeto de ocio y placer, en una manera de relacionarnos. O la comida. Ya no comemos sólo para alimentarnos.

Mujeres 8M
Manifestación del 8M en Vigo
tomada de Vigo.es


Estos son dos ejemplos de aspectos nuestros que han cambiado con el devenir de la sociedad humana. Pero en lo básico, la estructura hombre-fuerte que trae el sustento y protege y mujer-débil que cuida y trae al mundo a los descendientes, no, sigue igual. Y no porque en el pasado, en un pasado prehistórico o medieval, no haya sido un buen sistema, que no voy a entrar a calificarlo… ahora, en estos tiempos que casi son del futuro, no lo es. Ya no es un sistema válido y necesario y debería desaparecer y dejar paso a una sociedad realmente moderna en la que los hombres y las Mujeres sean exactamente lo mismo: personas.

El poder y el cambio

El problema es que a lo mejor no es tan fácil de asumir para los hombres, porque eso supondría renunciar a ser los dominadores, los que tenemos el poder, los que poseemos, según nuestra voluntad, a las mujeres para que nos sirvan y nos atiendan. Y no sólo eso… a lo mejor, de alguna manera, entendemos o envidiamos el hecho de que toda vida mana de la hembra, por lo que intentamos hacerlas una extensión de nosotros, intentamos que sean nuestro complemento y aunque muchas veces caminemos lado con lado, en el fondo está tan interiorizado el rol dominante que ni nos enteramos.

Aun más grave: los hombres usamos este criterio, esta ley empírica, como demostración ineludible y completamente verídica de nuestro derecho al sometimiento, y creamos nuestras propias justificaciones dándole categoría y origen divino: como la historia de Adán y Eva.

Yo propongo un primer paso, Pedro, para darle la vuelta. Un cambio en la Biblia. Tengo claro que voy a sonar herético: hay que reparar de inmediato el primer libro, el Génesis y adaptarlo a los tiempos que corren. Ya quedaron atrás los tiempos de imponer a Galileo el sistema geocentrista.

Si la Iglesia fue capaz de asumir cómo propias las fiestas paganas romanas y celtas, tal como el San Juan o el Día de Difuntos, ¿como no van a poder asumir este cambio? Porque de lo que se trata es de hacer algo tan simple como borrar la creación tal como se cuenta actualmente en la Biblia, y asumir la ciencia y la evolución como hechos reales que manan de la voluntad divina. ¿Acaso no decía Einstein que Dios no jugaba a los dados y que la ciencia dejaba hueco para el creador?

Mujeres 8M
Manifestación del 8M en Vigo, Atlántico Diario


Créeme amigo Pedro, eliminar a Adán y la Eva tal como se les retrata ahora, ese “Eva/todas-las-mujeres-que-le-siguieron siendo simplemente un trozo de carne hecho de Adán/todos-los-hombres-que-le-siguieron”, sería un paso que realmente podría cambiar el mundo para eliminar la desigualdad de hombres y mujeres. Y vaya si funcionaría: piensa en la cantidad de gente que cree sin ningún tipo de discusión o duda lo que dice la Biblia. Así que te digo una cosa. Si la iglesia Católica quisiera, podría hacerlo. Ya te lo digo yo.

Porque Pedro, como decía una pancarta usada ayer en Vigo, “Eu non saín da túa costela, ti saíches da miña cona”.

Ya para terminar… me gusta esta reflexión de Iñaki Gabilondo del año pasado. Es el complemento perfecto a esto…


Iñaki Gabilondo, Mujeres y Hombres