Con ojo de loro (9)

13 – Donde un loro descubre que la venganza es un plato frío pero también amargo (6)

Después de aquel día Teucro hizo como si no estuviéramos allí y nosotros lo ignoramos a él. También parecía que había dejado de robarle el vino al cura. Y aunque no lo queríamos decir en voz alta… aquel trozo de piedra con forma de hombre nos odiaba a cada uno de nosotros, con una odio tan grande que durante un tiempo tuvimos miedo de algún tipo de venganza.

El loro Ravachol
El loro Ravachol

Una noche se acercó Doña Peregrina a la puerta de la botica:

—Querido Ravachol. A nosotros Teucro nada podrá hacernos, puesto que somos tan de piedra como él. Pero tengo miedo de que quiera vengarse de todos nosotros haciéndole algo a usted.

Que poco sabíamos los cuatro, por aquellos años, de la retorcida mente y de la paciencia del griego. ¡Nueve años estuvo esperando el condenado! ¡Nueve!

Fue en medio del jaleo del carnaval adelantado de 1913. El boticario había marchado de juerga con sus compañeros de coro y yo quedé sólo en la botica. Aquella noche no hubo tertulia. Las calles de Pontevedra se habían llenado de fiesteros y por eso mis compañeros nada pudieron hacer.

Aprovechando la fiesta, el arquero bajó lentamente de su fuente. Nadie se fijó en él. Parecía un personaje peculiar con un disfraz peculiar. Bailando cómo se estuviera de fiesta, se acercó lentamente a la botica. Ya os conté que era un bruto pero que tenía buena mano con las cerraduras y para entrar en los lugares sin pedir permiso antes. Dos años había echado robándole el vino al cura de la Peregrina antes de que se oliera algo, ¡y eso que lo guardaba bajo siete cerraduras!

Yo miraba todo desde dentro. Me sentía seguro en la botica, en la jaula. Que iluso fui. Dos segundos de reloj y él ya tenía abierta la puerta. Se acercó. Quedó mirando para mí con una expresión de puro odio y para cuando quise pedir auxilio ya tenía a mano dentro y me había cogido por el cuello. Me sacó fuera agarrándome con tanta fuerza que yo no fui capaz ni de decir «vara». Me puso delante de sus ojos. En su cara había una sonrisa de loco. Se acercó al fondo de la botica y mientras seguía sonriendo y mirando con odio para mí, con la otra mano, cogió de la estantería el bote del solimán.

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