Cien años de soledad (2)

Hay dos anécdotas que me gustaría contarte del libro. Una es bien sabida. La otra es mía, nada más que mía, aunque seguro que muchas personas que escuchaban la radio el jueves de la semana pasada, sintieron lo mismo que yo.

“Cien años de soledad” hace 50 años que fue parido, un mayo como este, en México. Parida y bien parida. Por la mitad, podría decirse, porque para Márquez y su mujer fue un milagro pagano y un acto de fe. La creencia, ciega, de que las historias valen la pena porque el alma muere si no se alimenta. Nutrirse de libros, de cuentos, de poesía. ¿Sabes la anécdota? Gabo tardó dos embarazos en escribirla y el precio fue quedar sin muebles y electrodomésticos en casa mientras Mercedes multiplicaba panes y pesces.

Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer…

Un día de septiembre de 1966 llegó el momento de enviar las 500 páginas a la Argentina, al editor de la Sudamericana, en un paquete que debía llevar 80 pesos mexicanos en sellos. Pero fue un parto duro y venía atravesado el niño: sólo tenían 50 monedas, por lo que, con sabiduría digna del mismo Salomón, partieron la obra por la mitad. Solo 300 hojas harían el viaje. Y aun así el nacimiento seguía siendo improbable, el niño parecía no querer respirar porque camino de casa se dieron cuenta del terrible error: enviaron la segunda mitad, la del final.

Cien años de soledad - Firma de Gabo
Firma de Gabo

El tiempo hizo del desastre buena cosa. El editor leyó lo que tenía, se maravilló, se arrodilló ante la tripa y piernas de la criatura y seguramente pensó algo así como… “si esta parte del cuerpo es tan hermosa… ¿como será a otra, la de la cabeza?” Nervioso, impaciente, corrió a remitir dinero a México. ¿Te imaginas que dolor, que impotencia, es leer algo grandioso y no saber como comienza? ¿Te imaginas?

Otra anécdota. Esta Pedro, tiene cosa de cielo azul y cosa de cubo de la basura.

La semana pasada se celebró en la Embajada de Colombia, con boato y grandiosidad, el aniversario, leyéndose trozos de “Cien años de soledad”. Y como siempre los políticos de protagonistas. ¿Por qué? ¿Qué los hace especiales? ¿Qué los hace mejores que cualquier médico, maestro, bombero, barredor o dependiente? ¿Son de una raza mejor y yo no soy capaz de enterarme? ¿De una casta superior? No, podría estar yo engañado, pero no, no lo son. Son cómo otro cualquiera, como tú y como yo.

Iba yo camino de casa, después de trabajar, cuando escuché la crónica del asunto en la Cadena Ser, en Hora 25. Le contaba la periodista, Marta, a Angels Barceló, que habían leído trozos Mendez de Vigo… Felipe González… Albert Rivera… y también Leonor Watling, de la que se escuchaba, con su hermosa voz de terciopelo…

“[…]
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo— nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer…”

Y, mientras Leonor seguía recitando por detrás, le dijo Angels Barceló a la reportera…

“Gracias, Marta, por haber escogido la voz de Leonor Watling y no la del ministro de cultura, ni la de Felipe González, ni la de Albert Rivera, te lo agradezco.”
“De nada…”
“Toda una deferencia para los oyentes de Hora 25.”
“De nada, de nada, y lo tenía clarísimo.”

Entonces ellas volvieron a callar, se retiraron a la oscuridad que pertenece a los que no se consideran protagonistas. Y por fin se escuchó, únicamente, de nuevo… la misma voz de terciopelo que me llevó, irremediablemente, a Macondo

“… aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las 4 de la tarde, y se perdieron, con ella, para siempre, en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
[…]”

Cien años de soledad - Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez

 

Cien años de soledad (1)