Cien años de soledad (1)

Así comienza “Cien años de soledad”: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”

¿Sabes? Me confieso de un gran pecado: Pedro, no leí “Cien años de soledad”. Pero no quiero penitencia porque es pecado decidido a voluntad. No tengo prisa. Quiero deleitarme en el placer de saber que puedo leer, en cualquier momento que me venga en gana, esta delicia. Pocas cosas son tan grandes como la dulce y excitante sensación de hacer algo por primera vez. El placer, consciente con ojos, dedos, nariz, orejas y mente, de la iniciación a un mundo desconocido. Un placer sublimado en inocencia pura.

Se necesitan momentos robados al tiempo. Para detenerse y acariciar con los labios un buen café y con los ojos un buen libro.

Deseo leer “Cien años de soledad”, pero aguanto, reposo, me deleito en la espera… y al mismo tiempo me preparo, me acostumbro, me sitúo. Y no solo por mí. También por el libro, que bien lo merece. Su lectura requiere purificación. No puedo cogerlo con las manos asquerosas manchadas por la tinta de un libro, pongamos por caso, escrito por Pérez Revierte o Dan Brown o Belén Estevan. Se impone antes limpiarlas. Y hacer ablución ritual también de la mente.

Cien años de soledad
Cien años de soledad

Porque es condición esencial, una muestra de respeto. Lo contrario sería una salvajada sacrílega. Como leerlo en libro electrónico. No puede ser. Hay libros que tienen que ser reconocidos cómo tal, no sólo imaginados, poder pasar las páginas y sentir el tacto, rudo y delicado, del papel.

Y el aroma de las hojas escabechadas en tinta, que es ese olor que mezcla el alma embalsamada del noble árbol y el amargor negro de las letras. Ese olor profundo que se me antoja semejante al del café. Se hay dos olores evocadores de memorias, de vidas, esos son el del café cuando habla con palabras de burbuja y el de un libro.

¿Sabes? Casi siempre van cogidos de las manos. Se necesitan momentos robados al tiempo. Para detenerse y acariciar con los labios un buen café y con los ojos un buen libro. Y cuanto más amarillo mejor. Más profundas son las memorias de sus aromas. A veces hasta casi llegas a vislumbrar la vida de las primeras personas que pasaron sus páginas.

Por eso aun no leí “Cien años de soledad”. Pero no te preocupes, este es el momento.

Cien años de soledad - Macondo
Cien años de soledad – Macondo

 

Cien años de soledad (2)