Bienvenido

a mi casa. Déjame que te recoja el abrigo y que lo cuelgue en la percha del vestíbulo. ¿Puedo ofrecerte algo caliente pare beber?. Este es mi hogar, ¿te gusta, que te parece? No es muy grande pero a mí me llega. Espera, siéntate allí, junto a la estufa, que aún está caliente, relájate y así podré hablarte sobre ella.

Adoro mi casa… es única. Está viva, es cambiante, se adapta a mi, a mi mente, a mi mirada. A veces es inmensa, me pierdo en su amplitud: los ecos retumban dentro de ella durante días y entonces, sólo entonces, si permanezco en silencio, quieto, logro que se acallen. Por eso la he llenado de alfombras y tapices, de libros, de pinturas. Bueno, en realidad no es por el eco, es por ellos mismos. Otras veces le da por viajar, por volar, por sumergirse en las profundidades y quiere que la llame Nautilus. Otras veces es pequeñita, acogedora, discreta. Es así como más me gusta. No necesita tener chimenea pero si un salón apropiado, con el espacio justo para un pequeño sofá y una mesita donde poner mis notas y mis libros. Es una casa caprichosa, juguetona… hay que conocerla, dejarla a su aire, que ella decida. Es como una gata.

En ella escribo, medito, pienso, sueño, imagino. Es una casa abierta al cielo, a la noche… un mirador al universo, al mundo: le gusta que me siente en el tejado, le encanta, arquea la viga maestra, se acomoda con un crujido de placer que recorre las tejas como una ola que suena a ronroneo. Entonces miro al cielo y busco en el norte a la Estrella Polar, a la que me encomiendo, y luego a Cassiopeia a la que le ruego por la razón. Sigo buscando a la Luna, a la que le pido locura y a Orión, fuerza. Pero es a la soledad de Aldebarán, a la maravillosa soledad de la gigante naranja que destaca en el cielo nocturno como el brillante ojo del Tauro, a la que le dedico palabras. A esa soledad de noticias que nunca llegan, que espero insistentemente, con paciencia infinita que no parece tener fondo. Quizás es una distancia tan inmensa que también inmensa debe ser la guardia. Por eso te escribo… porque no puedo imaginar una soledad tan descomunal, porque al final siempre te asalta la duda, la pregunta… ¿acaso realmente estaré sólo en esta galaxia interminable? Desconozco si en Aldebarán hay alguien, si me escuchan, si me hablan: no tengo indicios de tu llegada, pero así así los busco, investigo, miro y escucho. Y la única respuesta que tengo es ninguna respuesta.

También aquí, a veces, tan cerca, parece que non hay nadie, que mi propio entorno está igual de vacío. Quizás sólo sea mi deseo, mi ansia por comunicarme, por contar historias… incluso por oírlas, porque yo sigo mirando al cielo con ansia, con impaciencia, pero con esperanza. Sentado en mi escritorio, sigo escudriñando el cielo noche tras noche, y lo fotografío, lo pinto, y hasta lo sueño o lo imagino, lo deseo… porque mi corazón sabe que algún día llegarán noticias. No debemos desesperar, no debemos desfallecer.

¿A qué se está bien en mi casa? ¿A que es agradable? Puedes quedarte cuanto quieras, puedes visitarla cuando desees. Eres bien recibido. Nunca te faltará una buena palabra, ni una bebida ni una comida caliente. Ni un abrazo, si lo necesitas. ¿Quién sabe?, a lo mejor un día, recibimos, juntos… NOTICIAS DE ALDEBARÁN

Ah, perdón, que no me he presentado, me llamo Eduardo.